“Reality bits”: el amor virtual en tiempos de anhedonia

La virtualidad también transformó el ritual de conocer gente. Con la lógica de la bases de datos, todos compiten por obtener atención, un recurso escaso y para obtenerla cada vez se necesita “más”. ¿Cuáles son las consecuencias?

Celina Abud 

¿Qué haría usted si años atrás alguien le hubiera anticipado un problema que afectaría a la mayor cantidad de los individuos del planeta? ¿Se hubiera puesto a llorar o a bailar? La segunda opción, a simple vista, parecería inviable. Sin embargo, muchos la hemos tomado. Recordemos la canción “Satisfaction” de los Rolling Stones, en el que la característica voz de Mick Jagger confesaba: “No puedo obtener satisfacción, y trato, y trato, y trato y no puedo”. Ahora pensemos. ¿No estamos hoy todos un poco insatisfechos?

Esta propensión ya percibida en los ’60 –al menos entre las estrellas de rock– evidencia una anhedonia cada vez mayor, provocada tal vez por la sobreabundancia de estímulos. Pero hoy no hace falta ser famoso para estar expuestos a una enorme vidriera de objetos variopintos ideados para quebrantarnos. Así lo dice el psicólogo Adam Alter en su libro Irresistible, donde postula que los diseñadores de productos industriales (como alimentos, entretenimiento y celulares) toman en cuenta nuestra fisiología y apuntan a su vulnerabilidad, con el fin de diseñar productos “científicamente irresistibles” para competir por nuestra atención, un recurso biológicamente escaso y en descenso. Algo que también postuló la filial de Microsoft en Canadá, que había informado que en el año 2000 un humano tenía un lapso de atención promedio de 12 segundos, mientras que para 2013 ese número había caído a 8 segundos (algo grave si tenemos en cuenta que la capacidad de atención aproximada de un pez dorado es de 9 segundos).

Vale resaltar que la enorme vidriera se agranda con la transformación tecnológica: las películas y en especial las series se volvieron adictivas con los modos de reproducción de las plataformas de streaming, en donde apenas empiezan los títulos finales ya se anticipa la próxima reproducción, al menos que se “clickee” lo contrario. Ni hablar del Smartphone, un objeto que, en ausencia de oleadas neuroquímicas, “se vuelve virtualmente irresistible, una especie de dispositivo de infusión de dopamina”, postula Alter.

Pero la virtualidad acarrea consecuencias, o efectos adversos. Una película o una serie, que antes podía esperarse con ansias, hoy debe verse en el menor tiempo posible hasta el final. Y esa “genialidad” de la que todos hablan no tarda en pasar al olvido: apenas si está en boca de todos por un mes. Lo mismo sucede con las redes (en especial las más visuales, como Instragram) o las apps de citas, en donde sobran las palabras (se emplean pocas y efectistas) y las narrativas se construyen en base a fotos hedónicas y filtradas, que buscan la perfección o retratan la vida como una cadena de placer. Tomas en el gimnasio o con un trago en la mano; con la guitarra o practicando un deporte extremo; con la torre Eiffel de fondo o con una altura favorecida por el plano contrapicado. Una narrativa similar en todos los perfiles, visual, acumulativa… olvidable.

Ya el teórico L.M. Sacasas había advertido que nos encontramos ante una cantidad de información sin precedentes a través de los medios digitales. El ritmo responde a la inmediatez, mientras que el patrón se asocia a contextos sociales novedosos, “en una forma que se parece más a una base de datos que a una historia”. Y si bien reconoce que en este nuevo ecosistema digital se genera un sinfín de narrativas, éstas “son tenues y están sujetas a revisión constante”.

Basta comparar esta frase con lo que suele verse en las apps como tinder, happn, Bumble o cualquier otra, una base de datos de personas que compiten por una atención escasa. Por el  must digital del “only good vibes”, muchos de los perfiles se parecen. El que se diferencia al expresar sus exigencias de antemano y con honestidad, corre el riesgo de ser víctima de una captura de pantalla que se comparta en otra red social, Twitter, para pasar a ser un chiste viral que sí será recordado (pero no por mucho tiempo, tal vez un par de días).

Lejos de estas excepciones, los perfiles más frecuentes se sujetan a las normas de las bases de datos que almacenan información, pero los humanos no recordamos nada tan fácilmente como una historia. Y como paradoja, la base de datos tolera, de hecho alienta las narrativas, pero al mismo tiempo no puede sostenerlas. 

En todos los casos – si vamos desde el temido swipe y las capturas de pantalla, hasta el bloqueo – la mayoría de las personas olvidan que, detrás de la base de datos, efectivamente hay un ser humano.

Tanto para el amor como para las historias, se ha perdido la paciencia. Recordemos una frase de Mark Fisher, que relató qué pasaba con sus alumnos cuando se les pedía leer más de un par de oraciones: “La queja más frecuente es que es aburrido. Pero el juicio no atañe al contenido del material escrito: el acto de leer en sí mismo es lo que resulta aburrido”. Concluyó que sus estudiantes están demasiado conectados como para concentrarse: “Estar aburrido significa simplemente quedar privado por un rato de la matrix comunicacional de sensaciones y estímulos que forman los mensajes instantáneos, YouTube y la comida rápida. Aburrirse es carecer, por un momento, de la gratificación azucarada a pedido”.

Sobreexposición, placer, anhedonia y soledad

Desconfiamos de la sobreedición de la vida tanto en las apps de citas como en la realidad edulcorada de Instagram, en donde se muestra lo “lindo como validación”, algo así como “posteo, luego existo”. Pero la vida en technicolor puede perder la sustancia para ser recordada. O al menos así lo postulaba Hannah Arendt: “Una vida que pasa completamente en público, en presencia de otros, se vuelve, como diríamos, superficial. Si bien conserva su visibilidad, pierde la calidad de aparecer a la vista desde un terreno más oscuro que debe permanecer oculto para perder su profundidad en un sentido muy real o no subjetivo”.

Con todo, es tanto el miedo a la invisibilidad o al castigo que se apela siempre a las mismas fórmulas, que pueden ser, a largo plazo contraproducentes. En su libro Behave, el científico Robert Sapolsky dijo: “Hubo un tiempo en el que los cazadores-recolectores podían obtener miel si se topaban con una colmena y de ese modo satisfacían brevemente su profundo deseo de encontrar alimento. Y ahora tenemos cientos de alimentos comerciales diseñados cuidadosamente que aportan un estallido de sensaciones que ningún humilde alimento natural puede igualar (estímulos supranormales) Hubo un tiempo en el que teníamos vidas que, en medio de una considerable privación, también nos ofrecía placeres sutiles, difíciles de conseguir. Y ahora tenemos drogas que producen espasmos de placer y una liberación de dopamina mil veces más alta que cualquier estímulo de nuestro antiguo mundo libre de drogas”.

Y sigue: “Si estuviéramos diseñados por ingenieros, cuánto más consumiéramos, menos tendríamos que desear. Pero nuestra tragedia humana más frecuente es que cuanto más consumimos, más hambrientos estamos. Queremos más, más rápido y más fuerte. Lo que ayer fue un placer inesperado, hoy lo sentimos como un derecho y mañana no será suficiente”.

Para Sapolsky, “nos acostumbramos a avalanchas artificiales de intensidad”, lo que trae sus efectos porque el placer sigue la “curva de Wundt”: aumenta hasta un máximo y luego disminuye, hasta pasar a ser desagradable.

La paradoja del hedonismo es que la búsqueda de placer por sí mismo conduce a la anhedonia, porque tal como dijo Sapolsky, por razones biológicas, el circuito de recompensa fue configurado para un ambiente de escasez, no de abundancia. Hoy nos adaptamos a este escenario, motivo por el cual cualquier recompensa que no sea lo suficientemente potente no se sentirá como una recompensa.

El paso siguiente es la anhedonia, que es la incapacidad de sentir placer. ¿Pero qué es exactamente el placer? No es una sensación, sino el comentario sobre una sensación, al que se le otorga una valoración. Es la consecuencia del circuito general hedónico que transforma una sensación (dulzor) en algo “agradable”. Estas señales hedónicas dependen del estado fisiológico del organismo que las experimenta, pero también de su estado ecológico. ¿Y cuál es nuestro medio ambiente hoy, nuestro ecosistema? El de estímulos supranormales constantes (potenciados por la era digital), ya que en las culturas orientadas al consumo (incluso hablemos de consumo si de conocer a otra persona se trata) se necesita cada vez más (estímulo) para obtener (menos) recompensa, más si se toma en cuenta que el placer es de corta duración y de carácter adictivo. Pero la felicidad no se puede reducir al placer: no hay felicidad sin placer, pero hay mucho placer sin felicidad.

El neurocientífico estadounidense Peter Sterling cita un fragmento de la novela Moby Dick, de Herman Melville, para contextualizar cómo el placer es protector cuando resuelve una necesidad, cuando es moderado y de corta duración: “(…) para disfrutar verdaderamente del calor corporal, una pequeña parte de ti debe tener frío, porque no hay calidad en el mundo que no sea lo que es simplemente por contraste (…) Por esta razón, un departamento para dormir nunca debe ser amueblado con un hogar a fuego a leña, que es una de las lujosas incomodidades de los ricos”.

Es que al placer solo se lo valida por contraste. Pero si este contraste hoy no es permitido, se da un fenómeno que describió Mark Fisher, el de hedonia depresiva: “Usualmente la depresión se caracteriza por anhedonia, mientras que el cuadro al que me refiero no se constituye tanto por la incapacidad para sentir placer como por la incapacidad para hacer cualquier cosa que no sea buscar placer. Queda la sensación de que efectivamente ‘algo más hace falta’, pero no se piensa que este disfrute misterioso y faltante solo podría encontrarse más allá del placer… Se manifiesta recayendo en la lasitud hedónica, la narcosis suave, la dieta probada del olvido: Playstation, TV y marihuana”.

En conclusión, la sutileza ha muerto a manos de sobreabundancia y de la pérdida del sentido. Exigimos más, pero siempre estamos disconformes. Las relaciones cobraron también la lógica del consumo, aún más con el auge digital. Y el sentimiento de vacío colectivo está, pero nadie parece rebelarse. Sabemos que la satisfacción de una sola fuente tiende a adaptarse requiriendo cada vez niveles más altos para obtener el mismo alivio. No importa que se nos ofrezcan recompensas estúpidas (como el del voyerismo en redes por sí mismo) sino que es imperativo que las deseemos. En su artículo “Clínica del placer” Daniel Flichtentrei sostiene que la única terapéutica posible es contracultural: “La única libertad es la libertad de decir que no. El resto es sumisión y servidumbre”. ¿Será posible que muchos se animen o el riesgo a quedarse afuera, a perderse de algo, podrá más?


Referencias

•Alter, Adam. Irresistible: The Rise of Addictive Technology and the Business of Keeping Us Hooked, Penguin Press, 2017.

• Sacasas, L.M, Narrative Collapse, The Convivial Society: Vol. 1, No. 11 https://theconvivialsociety.substack.com/p/narrative-collapse

• Fisher, Mark. Capitalist Realism: Is there no alternative?, Zero Books – John Hunt Publishing, 2009.

•Salpolsky, Robert. Behave: The Biology of Humans at Our Best and Worst, Penguin Press, 2017.

•Melville, Herman, Moby Dick, 1851.

•Flichtentrei, Daniel, Clínica del placer (recompensa) y de su manipulación, IntraMed, 2018, Ago 10.

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